Columnas

Columna: Las decepciones amorosas

“La vida de una mujer libre creada en los mandatos”

Published

on

En estos tiempos vertiginosos, donde todo es ya, ahora, como quiero y cuando quiero, donde el acceso al objeto/sujeto es inmediato, es una rápida satisfacción, y a su vez todo va cambiando, Valery va corriendo sus velos, y a su vez se vuelve ciega de sus emociones, no sabe qué le está pasando.  Esto va de la mano de la caída de esas estructuras tan rígidas llamadas mandatos que vivía en su familia. Toda una vida viviendo la vida ajena, las historias de dolor de sus ancestros se manifestaban en aquellos mensajes que se arrastran de generación en generación. Su abuelita que le decía:  “necesitas un novio para que te mantenga”, “pobrecita no tiene novio está tan solita”, “se va a quedar sola porque es muy jodida”, “lo que pasa es que está sola por eso nada le sale bien”, etc… Su mamá que dice: “no te vayas a quedar embarazada porque te vas a arruinar la vida”, “no deberías llamarle sino no te va a tomar en serio, no seas tonta”, “quédate sola, vas a estar mejor”.  Una mezcla de mensajes sin lógica, ¡bah! sí con la lógica de su sistema familiar, del inconsciente de esa familia.

Valery sin querer bañada de esos mensajes se mueve por el mundo. Así ha vivido por años, tratando de saber hacia dónde ir, quién es ella y quién es la mejor opción. ¿Será esto amor?. Todas estas vivencias a Valery la dejaban desarmada, agota y exhausta. Tiene una vida exitosa, puede y sabe llevar una vida, pero siempre le queda el vacío de no poder definirse en las relaciones. Siempre llega a la decepción.

Todos estos mensajes, variados en su contenido y bañados de historias ajenas, donde pareciera ser que la mujer o un sujeto depende de otro para ser feliz, o si se entrega a un vínculo puede ser dañada/o, o si trae vida se la arruina a sí misma, la llevaron a una búsqueda de cambio imparable. Necesitaba salir de ese remolino confuso y aterrador. Era un laberinto sin salida que por años le puso un velo a sus ojos y no le permitió ver claramente.  

En esa búsqueda los años pasaban y el contexto y las modalidades cambiaban. También ella iba cambiando, se daba cuenta de muchas cosas, por ejemplo que le ocurren cambios en forma abrupta a mi entender; imperativamente y de repente, tuvo que desestructurarse para poder seguir. Los vínculos se desdibujaron tanto que ya no sabía de lugares y de roles, vivía momentos de desorden y confusión, de apertura ya desdibujada con el afán de ir en búsqueda de lo opuesto, de lo contrario a aquellos mensajes familiares, narrativas de los padres, recubierta ella, diría yo, de rebeldía vincular, donde podía hacer lo que quisiera, como quisiera y con quien quisiera. Se  encontraba allí en la decepción amorosa.

Desde muchísimos lugares buscaba el buen amor pero este no era posible. Sucedía que no lograba entender, estaba llena de terapias, de médicos y consultores que proveían teorías fantásticas. No  lograba que la experiencia la traspasara para lograr un cambio real, en definitiva no podía verse a sí misma y empañaba a los otros con rotulaciones que eran puras proyecciones de un interior infantil, una niña herida que no podía contenerse y amarse a sí misma.

Quiebre, dolor, expectativas, sombras, oscuridad, allí es, es ese lugar empantanado, donde se produce el quiebre. ¿El quiebre de qué?, de esa idea o no idea, sino impulso vital que la llevaba a sentirse viva por un momento, de a ir hacia otros desde una absoluta necesidad de satisfacción biología, de vivir la experiencia y que fluya. ¿Será ase? Eso se preguntaba Valery. ¿Dónde está el límite en mi ser y el del otro?, se planteaba.

Se armaba de la idea de “Está todo bien”, “No pasa nada”, “Yo estoy un rato, paso el rato y luego sigo con mi vida”, “Que todo siga su curso”. Ahí donde se da el momento de reglas no claras , allí es donde aparece la decepción, será que todos no funcionamos iguales y alguno, sufre en todo esto, será que ponemos demasiadas expectativas, será que hacemos culto a una modalidad donde se pierden las personas y no hay condiciones o será que nos perdemos en el otro  y no vemos quién soy y quien es él. Todas estas preguntas se hacía Valery. Ahí justo en ese lugar interno, en ese instante se preguntaba, cuál era el cambio que debía hacer con todo eso que ya no tenía razón de seguir. Si quiero una vida feliz y de buen amor, pues entonces ¿dónde es el lugar del movimiento?, se preguntaba. Pues allí entendió que debía ver el vacío primero.

Comenzó a vincularse, teniendo sus propias condiciones y fue coherente, se escuchaba a sí misma, comenzó a elegir pues desde el deseo y no desde la necesidad, comenzó a confiar en el merecimiento. Allí en ese quiebre vincular pudo ver que si no se veía a sí misma no veía al otro, que si no sabía lo que quería y que podía ella entregar a sus parejas, no iba a funcionar. Su confusión ensuciaba el vínculo entonces supo que la decepción no era por lo que le otro hacía sino más bien por lo empañado y desdibujado que estaba el lente con el que veía su vida.

Allí supo que debía ser fiel a ella misma, conocer sus rincones más sombríos, aceptarse tal cual es y saber que nunca nadie va a ser tal cual como ella quería y que ella tampoco iba a poder cumplir expectativas. Entendió y sintió que aceptarse tal cual es, es el primer paso, y aceptar al otro tal cual es, el segundo. A partir de allí iba a poder construir una relación donde ambos son iguales en jerarquías y aportan a la relación desde lo que tienen para dar y si eso se ve, allí es donde esta todo bien.

¿Alguna vez fuiste o estuviste como Valery?

Te escucho…

Columnista: Licenciada en Psicología Cecilia Jaliff. / Mp.0359

Últimas Noticias

Exit mobile version